La ternura de la Epifanía


 No puedo negar que cada año me sumo a esa tradición de ir como pollo sin cabeza en busca de los regalos perfectos para el día de Reyes

Y os aseguro que me hace ilusión, pero no puedo impedirme pensar que tal vez entre todos esos envoltorios de papel brillantes y tantas compras, mi corazón pueda perder un poco el rumbo.

Me da miedo llenar este día de demasiadas cosas y olvidarme de lo más importante. Demasiados regalos no siempre hacen más felices; a veces confunden y dejan un huequito difícil de explicar. Tanto aquí cuando hay tan poco o nada allá. Cuando en realidad el amor no se mide por lo que se compra.

Pienso que la historia de la Epifanía es muy sencilla y muy hermosa: unos sabios siguieron una estrella con paciencia y confianza. Caminaron despacio, con el corazón abierto, y cuando llegaron, ofrecieron lo que tenían, no por obligación, sino por amor. Sus regalos no eran muchos, pero estaban llenos de significado.

Quizá los Reyes nos estén invitando a algo más sencillo y más bonito: un regalo elegido con cariño, una mañana sin prisas, un abrazo largo, una conversación de esas de escucha atenta o una mesa compartida. Un mundo pausado sin tantas luces y ruidos. Enseñando a los niños a agradecer, a cuidar lo que reciben y a pensar en los demás es un regalo que dura para siempre.

Y qué tal si dejamos que la ternura guíe este día, descubrir que la verdadera magia no está en la cantidad de regalos, sino en la luz que se enciende cuando compartimos, cuando amamos y cuando recordamos el sentido profundo de la Epifanía.


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